La preocupación crítica de Habermas acerca de la modernidad está presente en la mayoría de sus obras, en especial las últimas. Sin embargo, él mismo rechaza su inclusión en la corriente posmoderna de la filosofía europea, muy de moda en la actualidad.
Su diagnóstico nace desde dentro del racionalismo optimista, integrado en la propia tradición de la modernidad, y no desde la marginalidad del racionalismo pesimista (antimodernismo) apocalíptico.
Su método consiste en descubrir qué preguntas interesan, tratar de explicarlas y ser persistente, sin pensar que la filosofía pueda solucionar instancias concretas. No obstante, debemos tener en cuenta que todo lo que hacemos los filósofos depende del contexto en el que estamos. El filósofo, obviamente, también está inserto en tareas de diagnosticar su época.
Justamente, la teoría crítica de la Escuela de Frankfürt nació de la terrible confrontación de dos experiencias totalitarias. La del Stalinismo y la del Nacismo. Por eso, "yo me he convertido declara Habermas - en hombre de izquierda a través del proceso de Nüremberg".
La cuestión radica, hoy, en determinar si su teoría del consenso a través de la acción comunicativa, propicia o no una reaccionaría conciliación de clases.
En este marco contextual Habermas desarrolla su teoría sobre la racionalidad comunicativa. Al respecto, estima que el pragmatismo filosófico americano (Apel, Peirce, Mead y Dewey) ; se constituye en la tercera respuesta productiva al idealismo de Hegel, después de las de Marx y Kierkegäard.
Esta versión norteamericana de la filosofía de la praxis le permite comprender mejor los problemas relacionados con la teoría de la democracia, al tiempo que asimila también la gramática chomskiana y la teoría de Austin sistematizada posteriormente por Searle sobre los "actos del habla".